Crece el número de comunidades que cambian las cubiertas de sus inmuebles para retirar el amianto

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Cada vez más comunidades de propietarios se plantean sustituir las antiguas cubiertas de fibrocemento que todavía permanecen en garajes, patios, almacenes, cuartos comunes y edificios residenciales. Muchas de estas estructuras fueron instaladas hace décadas, cuando el amianto se utilizaba de manera habitual por su resistencia al calor, su durabilidad y su bajo coste. Ahora, el envejecimiento de los materiales, la rehabilitación del parque inmobiliario y una mayor concienciación sobre sus riesgos están impulsando su retirada.

El fibrocemento con amianto fue empleado durante buena parte del siglo XX en placas onduladas para tejados y cerramientos. También apareció en bajantes, depósitos, conductos y revestimientos, aunque las cubiertas constituyen uno de sus usos más reconocibles. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo identifica precisamente las placas de fibrocemento instaladas en cubiertas, medianeras y revestimientos entre los materiales que pueden contener amianto en los edificios españoles.

La presencia de una cubierta de este tipo no significa que exista una situación de emergencia inmediata, sino que el riesgo depende del estado del material y de la posibilidad de que libere fibras al ambiente. Mientras las placas permanecen completas y bien conservadas, las fibras se encuentran integradas en la matriz de cemento. Sin embargo, el paso de los años, la exposición continua a la lluvia, el viento, los cambios térmicos y la radiación solar puede deteriorar la superficie.

También pueden aparecer grietas, roturas, desprendimientos o perforaciones realizadas durante antiguas reparaciones. El problema aumenta cuando el material se corta, se taladra, se rompe o se manipula sin las medidas adecuadas, ya que estas acciones pueden liberar fibras microscópicas. Su pequeño tamaño permite que permanezcan suspendidas y sean inhaladas, de modo que cualquier intervención debe planificarse con criterios técnicos y preventivos.

La preocupación por la salud constituye uno de los principales motivos que llevan a las comunidades a actuar. La exposición al amianto se relaciona con enfermedades graves que suelen manifestarse después de largos periodos de latencia. Entre ellas se encuentran la asbestosis, el cáncer de pulmón y el mesotelioma. La aparición de estas patologías se ha asociado especialmente a exposiciones laborales intensas o prolongadas, pero la peligrosidad del material justifica que su manipulación quede sometida a controles estrictos.

Otro factor decisivo es la antigüedad de las cubiertas. Muchos tejados de fibrocemento se acercan al final de su vida útil o ya presentan problemas de estanqueidad. Las comunidades comienzan a sufrir filtraciones, humedades, deformaciones o fijaciones deterioradas y descubren que una reparación convencional no siempre resulta conveniente. Intervenir sobre las placas antiguas puede ser complicado, por lo que la sustitución completa se convierte en una solución más duradera.

La decisión suele coincidir con una rehabilitación más amplia. Cuando el edificio necesita mejorar el aislamiento, impermeabilizar la cubierta o renovar su sistema de evacuación de agua, retirar el amianto permite abordar todos estos trabajos dentro de una misma actuación. La nueva solución puede incorporar materiales más ligeros, capas aislantes y acabados preparados para responder a las exigencias actuales del inmueble.

Esta combinación ayuda a justificar una inversión que, de otro modo, podría percibirse únicamente como un gasto de eliminación. La comunidad no solo retira un elemento problemático, sino que obtiene una cubierta renovada, reduce el riesgo de filtraciones y puede mejorar el comportamiento térmico de las zonas situadas bajo ella. En determinados edificios, la intervención facilita además la instalación posterior de paneles solares o de otros equipamientos.

El marco normativo también está influyendo en las decisiones. La Ley 7/2022, de residuos y suelos contaminados para una economía circular, estableció que los ayuntamientos debían elaborar censos de instalaciones y emplazamientos con amianto e incluir calendarios que planificasen su retirada. La norma dio prioridad a los lugares con mayor riesgo y fijó como referencia la eliminación del amianto de las instalaciones o emplazamientos públicos de mayor riesgo antes de 2028.

Esta obligación dirigida a las administraciones locales no significa que todas las cubiertas privadas tengan que desaparecer de manera automática en una fecha única. Sin embargo, los censos municipales y el avance de las políticas de desamiantado están aumentando la visibilidad del problema. Muchas comunidades prefieren anticiparse, especialmente cuando el tejado necesita obras o existen dudas sobre su conservación.

La retirada no puede encargarse a una empresa de reformas sin preparación específica. Los trabajos con amianto se encuentran regulados y deben ejecutarse mediante procedimientos que reduzcan la liberación de fibras y protejan tanto a los operarios como al resto de ocupantes. Las empresas que realizan estas actuaciones han de cumplir los requisitos aplicables y trabajar conforme a un plan previamente tramitado ante la autoridad laboral.

El proceso comienza habitualmente con una visita técnica. Es necesario confirmar la composición del material, observar su estado, calcular la superficie y estudiar las condiciones de acceso. No presenta las mismas dificultades una cubierta situada sobre un garaje de una sola planta que un tejado instalado a gran altura o rodeado de viviendas. La inclinación, la fragilidad, la proximidad de ventanas y la posibilidad de utilizar plataformas elevadoras influyen en la planificación.

La documentación técnica establece cómo se organizará la zona, qué equipos se utilizarán y de qué manera se evitará la dispersión. Las placas deben desmontarse procurando conservarlas enteras, sin utilizar métodos que generen polvo. El INSST señala que la retirada de cubiertas exteriores de fibrocemento constituye uno de los trabajos más frecuentes con materiales que contienen amianto. También advierte que, cuando la manipulación exige romper las placas, deben aplicarse precauciones más exigentes por el aumento del riesgo.

Una vez desmontado, el material no puede tratarse como un residuo ordinario de construcción. Debe acondicionarse, etiquetarse y transportarse hasta una instalación autorizada para residuos peligrosos. La trazabilidad resulta fundamental para acreditar que la retirada se ha completado correctamente. Por ello, la comunidad debe conservar la documentación entregada por la empresa y los justificantes correspondientes a la gestión final.

El coste es uno de los aspectos que más debate genera en las juntas de propietarios. El presupuesto depende de la superficie, la altura, el estado del tejado, la accesibilidad, los medios auxiliares y el tipo de cubierta nueva. También influyen el transporte y las tasas asociadas a la eliminación. Comparar únicamente el precio por metro cuadrado puede conducir a errores, porque dos edificios aparentemente semejantes pueden presentar dificultades muy distintas.

La comunidad debe revisar con atención qué incluye cada propuesta. El importe debería contemplar el desmontaje, la protección del área, el embalaje, el transporte, la gestión autorizada y la instalación de la nueva solución. Una oferta que omita alguna de estas fases puede terminar generando gastos adicionales. También conviene comprobar la experiencia de la empresa y solicitar la acreditación necesaria para realizar trabajos con amianto.

La financiación de la obra puede abordarse mediante derramas, fondos comunitarios o préstamos destinados a rehabilitación. En determinadas comunidades autónomas y municipios se publican ayudas para retirar amianto, mejorar la eficiencia energética o rehabilitar edificios. Las condiciones varían según cada convocatoria, por lo que es importante consultar si el programa sigue abierto, qué gastos admite y si exige presentar la solicitud antes de iniciar los trabajos.

En algunos casos, la retirada puede integrarse en una actuación subvencionada de mejora de la envolvente térmica. Los programas de rehabilitación energética han apoyado intervenciones dirigidas a reducir el consumo de los edificios, aunque la consideración concreta del desamiantado depende de las bases de cada ayuda. El IDAE recoge distintos programas orientados a la renovación energética del parque inmobiliario, cuya aplicación práctica se articula mediante convocatorias específicas.

La aprobación dentro de la comunidad requiere explicar con claridad por qué se propone la intervención. No todos los propietarios conocen la diferencia entre mantener una placa intacta, repararla o retirarla. Un informe técnico ayuda a evitar tanto el alarmismo como la inacción. Permite valorar el grado de deterioro, establecer la urgencia y comparar alternativas con criterios objetivos.

También es necesario prever cómo afectará la obra a los residentes. Dependiendo de la ubicación, puede ser preciso limitar el acceso a patios, cerrar ventanas próximas o retirar vehículos de un aparcamiento. La empresa debe comunicar las medidas que deben seguirse y señalar cuánto tiempo permanecerá restringida cada zona. Una coordinación adecuada reduce molestias y evita que alguien entre accidentalmente en el área de trabajo.

La sustitución de las cubiertas representa además una oportunidad para revisar otros elementos, tal y como nos recuerdan desde Cubiertas Estévez, quienes nos dicen que los canalones, bajantes, encuentros con fachadas y estructuras de apoyo pueden encontrarse deteriorados después de décadas de uso. Corregir estos problemas antes de instalar el nuevo tejado evita que defectos antiguos comprometan la reforma. El proyecto debe contemplar el conjunto y no limitarse a cubrir el espacio dejado por las placas retiradas.

Estas son las cubiertas que se instalan en la actualidad

Las cubiertas que se instalan actualmente responden a criterios muy distintos de los que guiaban la construcción hace varias décadas. Ya no se eligen únicamente por su capacidad para impedir la entrada de agua, sino también por su comportamiento frente al calor, su peso, su durabilidad, su facilidad de montaje y la imagen que aportan al edificio. La elección depende del tipo de inmueble, de la pendiente disponible, del clima de la zona y del uso que se quiera dar a la parte superior de la construcción.

Una de las soluciones más extendidas es la cubierta de panel sándwich. Está formada por dos caras rígidas entre las que se incorpora un núcleo aislante. Esta composición permite reunir varias funciones en una sola pieza y agiliza considerablemente la instalación. Se emplea con frecuencia en naves, garajes, talleres, edificios auxiliares y rehabilitaciones residenciales. Su acabado exterior puede imitar la forma de una teja tradicional o presentar perfiles metálicos más sencillos.

El panel sándwich destaca por su reducido peso en comparación con otros sistemas. Esta característica resulta útil cuando la estructura existente no admite cargas elevadas o cuando se desea limitar la intervención sobre los apoyos. Los fabricantes ofrecen distintos espesores y acabados, lo que permite adaptar la solución a las necesidades térmicas y estéticas del proyecto. También existen modelos preparados para ambientes con elevada humedad o para construcciones situadas cerca del mar.

Las cubiertas metálicas continúan ocupando un lugar importante. El acero galvanizado, el aluminio y el zinc permiten crear superficies resistentes y de apariencia contemporánea. Pueden instalarse mediante chapas perfiladas, bandejas engatilladas o sistemas de junta alzada. Estos últimos generan líneas continuas y reducen la presencia visible de tornillos, proporcionando un acabado limpio que se utiliza tanto en viviendas como en edificios públicos.

El zinc es especialmente apreciado en proyectos arquitectónicos por su capacidad para adaptarse a formas complejas. Puede cubrir pendientes pronunciadas, mansardas, lucernarios y encuentros curvos. Con el tiempo desarrolla una pátina superficial que modifica ligeramente su color y actúa como protección. Su apariencia sobria permite combinarlo con piedra, madera y fachadas de diseño contemporáneo.

El aluminio ofrece otra alternativa cuando se busca ligereza y resistencia frente a la corrosión. Puede recibir tratamientos de color y acabados muy variados, desde tonos neutros hasta superficies que recuerdan a otros metales. Su maleabilidad facilita la fabricación de piezas específicas para remates, canalones y zonas de unión. En construcciones próximas al litoral, la elección del acabado debe estudiarse para responder a las condiciones ambientales.

La teja cerámica sigue siendo una de las opciones más reconocibles en la arquitectura residencial española. Aunque conserva una imagen tradicional, su fabricación ha evolucionado y hoy existen modelos con geometrías más precisas, menor absorción y sistemas de encaje mejorados. Las tejas curvas continúan utilizándose en rehabilitaciones y viviendas de carácter regional, mientras que las planas y mixtas aparecen en proyectos de estilos muy diferentes.

El color de la teja también ha ampliado sus posibilidades. Junto a los tonos rojizos habituales, se comercializan acabados envejecidos, grises, negros, ocres y mezclas cromáticas. Esta diversidad permite adaptar la cubierta a la fachada y al entorno sin abandonar un material de larga tradición. Algunas piezas incorporan tratamientos destinados a retrasar la aparición de musgos o a conservar mejor su aspecto.

La pizarra natural mantiene una presencia destacada en zonas con abundancia de lluvia y en edificios donde se busca una imagen elegante. Las piezas se colocan mediante solapes que facilitan el desalojo del agua y crean una superficie de gran continuidad visual. Su tonalidad oscura y su textura irregular aportan un carácter singular. Galicia, Asturias, Castilla y León y otras regiones del norte cuentan con una larga tradición en su utilización.

Junto a la pizarra natural existen soluciones de aspecto similar fabricadas con materiales compuestos. Estas piezas suelen ser más ligeras y homogéneas, lo que simplifica su colocación. Pueden emplearse cuando se desea reproducir una estética determinada sin asumir el peso o las particularidades de la piedra. La calidad del producto y su comportamiento a largo plazo deben valorarse antes de decidir.

Las cubiertas planas han adquirido gran protagonismo en la vivienda contemporánea. Su ligera inclinación, casi imperceptible desde el exterior, permite crear una imagen de líneas horizontales. Se construyen mediante diferentes capas que organizan el soporte, la barrera frente al vapor, el aislamiento, la impermeabilización y la protección superficial. El orden de estos componentes varía según el sistema escogido.

Dentro de este grupo destacan las cubiertas transitables, pensadas para convertirse en terrazas, zonas de descanso o espacios comunitarios. El acabado puede realizarse con baldosas, pavimentos técnicos elevados o piezas colocadas sobre soportes regulables. Estas soluciones facilitan el acceso a las instalaciones situadas debajo y permiten sustituir elementos concretos sin levantar toda la superficie.

Las cubiertas no transitables se diseñan principalmente para cumplir una función técnica. Pueden protegerse con grava, láminas autoprotegidas o acabados ligeros. Aunque no estén concebidas para un uso cotidiano, deben permitir el paso del personal encargado de revisar equipos, antenas o conducciones. La distribución de estas instalaciones se planifica para evitar recorridos innecesarios sobre las zonas más delicadas.

Las cubiertas vegetales están ganando presencia en edificios residenciales, oficinas y equipamientos. Sobre la impermeabilización se colocan capas de drenaje, filtros, sustrato y vegetación. Los sistemas extensivos utilizan especies de bajo mantenimiento y escaso espesor, mientras que los intensivos admiten plantas de mayor tamaño. Su aspecto cambia con las estaciones y permite integrar visualmente el edificio en entornos urbanos.

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