Tengo que reconocer que durante muchos años viví bajo lo que hoy llamo, sin exagerar, la tiranía del tiempo. Seguro que muchos de vosotros sabéis de lo que estoy hablando. El reloj marcaba mis días, mis decisiones y hasta mis sentimientos.
Os pongo en situación. Quedábamos con amigos y siempre llegaba tarde a todo. A las comidas, a las quedadas incluso llegaba tarde al propio trabajo. Creía que era normal vivir acelerada, con el estrés como compañero de fatigas, hasta que mi cuerpo y mi mente empezaron a pedirme cuentas. Y es que esto es algo que he hablado siempre con mi pandilla, el cuerpo te va dando señales, si quieres las escuchas o no, pero llega un momento que te va a decir, “hasta aquí hemos llegado”. Si no le paras tú, te lo va a hacer él. Y esto os lo digo por experiencia.
Fue entonces cuando comprendí que no era solo una cuestión de trabajo lo que estaba pasando, era también de salud, de hábitos y de cómo estaba gestionando mi tiempo.
Mi jornada laboral era el principal foco de ese desorden. Entraba temprano y salía tarde y, lo peor de todo, no tenía una noción clara de cuántas horas trabajaba realmente. Eso se convierte en un cóctel explosivo que cuando acaba por explotar se lleva todo lo que encuentre por delante.
Muchas veces hacía más horas de las que me correspondían, pero al no haber un control real de entrada y salida, todo quedaba difuminado. No sabía ni las horas que hacía, eso sí, luego la nómina era la misma todos los meses. Incluso algunos eran menos con todos los impuestos que nos meten desde el gobierno.
Así que este desorden de vida también afectaba a otras cuestiones. Por ejemplo, a mi alimentación. Comía cuando podía, rápido y mal, o directamente no comía. El estrés me cerraba el estómago y, cuando por fin me sentaba a la mesa, lo hacía sin ganas. La típica película de sobremesa que llega una mujer a su casa abre el frigo y al ver lo mismo, se va a la cama sin cenar. O peor aún, pilla dos bolsas de patatas fritas y para dentro.
Control del tiempo
Pues bien todo empezó a cambiar de una manera muy simple, incluso tonta. Cuando en mi empresa se implantó una plataforma de gestión de recursos humanos de Kairos. Al principio pensé que sería solo una herramienta más, algo burocrático, para tenernos aún más controlados, pero me equivoqué.
El control de entrada y salida supuso un punto de inflexión. Por primera vez sabía exactamente cuántas horas trabajaba, cuándo empezaba y cuándo terminaba mi jornada. Ese simple hecho me devolvió algo fundamental: conciencia del tiempo, que era algo que no tenía.
Saber que mi horario estaba claro y registrado me permitió organizarme mejor y, sobre todo, respetar mis pausas. Ya no sentía que tenía que “demostrar” que estaba siempre disponible. Empecé a salir a mi hora, a planificar mis descansos y, lo más importante, a reservar un espacio real para comer. Comer dejó de ser un trámite y empezó a convertirse en un acto consciente.
Ahí comenzó mi verdadera reconciliación con la alimentación. Entendí que no se trata solo de qué comes, sino de cómo y cuándo lo haces. Aprendí a sentarme a la mesa sin el móvil, sin correos pendientes en la cabeza y eso de verdad que no está pagado. Empecé a masticar más despacio, muchas veces cada bocado, algo que parece insignificante pero que marcó una gran diferencia, esto es algo de lo que los expertos saben mucho. Al masticar bien, mejoró mi digestión, me sentía más saciada y mi relación con la comida se volvió mucho más amable.
Mi menú
Con más tiempo y menos estrés, también pude planificar mejor mis menús. Dejé atrás los platos improvisados y ultrarrápidos para dar paso a una alimentación más equilibrada. Mis comidas empezaron a incluir verduras frescas, legumbres, cereales integrales y proteínas de calidad.
Un menú habitual y de esos que gustan. Pues puede ser una ensalada de quinoa con aguacate, tomate y garbanzos, que es algo que está muy rico. O por ejemplo, un salteado de verduras con arroz integral; o un pescado al horno acompañado de patatas y verduras.
Para la cena, mi recomendación es optar por algo ligero para irnos tranquilos a la cama. Cremas de verduras, tortillas con espinacas o yogur natural con fruta y frutos secos.
Noté los cambios poco a poco, pero fueron profundos. Físicamente tenía más energía, menos problemas digestivos y descansaba mejor. Mentalmente, el impacto fue aún mayor. El estrés disminuyó, mi ansiedad se redujo y empecé a sentirme más presente en mi día a día. Dejar de correr contra el reloj me permitió escucharme, reconocer mis necesidades y cuidarme sin sentirme egoísta por ello.
Hoy puedo decir que gestionar mejor el tiempo fue el primer paso para mejorar mi salud en todos los aspectos. Gracias a eso, recuperé algo tan básico y tan olvidado como sentarme a comer con calma.







