De la mina a la mesa: el oro comestible

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Por una vez no podemos decir que somos lo que comemos. De ser así, todos andaríamos comiendo laminas de oro para convertirnos en tan valorado elemento. Aunque no se trata de algo novedoso, los usos y aplicaciones del metal precioso por excelencia, en cuestiones culinarias y reposteras, parece ir ganando terreno. Es posible adquirir este elemento en diferentes formas para poder dar lustre a nuestras creaciones en la cocina.

Inevitablemente, llama la atención incluir oro en cualquier ámbito. Desde la joyería donde sigue siendo el rey hasta la cocina, pasando durante años por la odontología por sus propiedades hipoalergénicas entre otras, lucir oro, es sinónimo de elegancia y elevado nivel sociocultural. Donde se encuentre el preciado elemento, es lo de menos.

Evidentemente, todos conocemos sus aplicaciones y su valor. Lo que desconocemos la mayoría es como se elabora el oro comestible. Muchos todavía piensan que no se trata de oro si no algo que lo asemeja. Para salir de dudas, nada mejor que preguntar a un profesional de la joyería como Joyería Lorena.

Resulta indiscutible que el oro se asocia al lujo, a la elegancia y al poder adquisitivo. En joyería, existen piezas al alcance de cualquiera. Todo el mundo puede lucir algún artículo de oro en algún momento de su vida, pues existen infinidad de posibilidades. Si trasladamos el oro a la cocina, los costes de comer con tanta “elegancia” en plato, pueden sobrepasar nuestro presupuesto de manera indiscriminada.

Algunos osados reposteros, visten sus donuts de oro y los venden a precio de idem, unos ochocientos euros la docena. Hamburguesas con una lamina de oro en lugar de queso cheddar pueden rondar los trescientos euros fácilmente… e incluso, se tienen noticias de un kebab valorado en mil dos cientos euros, solo por el mero hecho de contar en su preparación con toques de oro.

La pregunta es, si realmente vale la pena o solo es un símbolo de estatus y sofisticación culinaria procedente de la Edad Media, en donde era utilizado por sus propiedades medicinales. No ponemos en duda que el oro puede ser un gran remedio a la hora de resolver cierto tipo de males, sobre todo, cuando afectan al bolsillo. En tiempos de Roma, era habitual que los banquetes imperiales, se coparan de elaboraciones reposteras culminadas en oro. Al igual que otros metales como la plata o el cobre, el oro, ocupa un lugar privilegiado en cuestiones de salud y alimentación.

Actualmente, el propósito de incluir oro en repostería, raya en el postureo y la ostentación más banal y superficial. ¿Es realmente el oro comestible algo que merezca la pena incluir en nuestras recetas?

Vistoso y comestible

En realidad, se trata de un aditivo con nombre propio y oficial, el oro está clasificado como tal y su nomenclatura no es otra que E175. Habrá que entretenerse y buscar en los ingredientes de toda elaboración por si esta presente sin que lo sepamos. Según los expertos en la materia, este aditivo tan vistoso, es un alimento (yo no diría tanto pues, alimentar no alimenta) químicamente inerte, biocompatible, hipoalergénico y seguro para su consumo. Oro, plata y cobre, componen la triada de oligoelementos, esas sustancias químicas que residentes en el organismo, intervienen de manera activa en el metabolismo, los procesos del cuerpo y el funcionamiento de las células. Al parecer, ya en el año veintinueve del pasado siglo, se descubrieron sus propiedades antiinflamatorias y la capacidad para estimular el intelecto, aumentar la resistencia física y eliminar toxinas, por ejemplo.

Tras conocer estas virtudes del preciado metal, dan ganas de sazonar todo con polvo de oro, no aportará sabor, pero será vistoso y saludable. Sin embargo, su principal virtud, parece radicar en el tiomalato sódico, una de las opciones terapéuticas por excelencia para tratar la artritis reumatoide. Aunque nos estamos desviando del tema, resulta interesante conocer las propiedades curativas del oro.

En contraste, la insipidez que posee. Puede que disponga de un excepcional potencial a nivel orgánico, pero su aporte a la gastronomía, pasa por el lustre que proporciona y poco más. No posee olor ni sabor, algo beneficiosos en sus aplicaciones como aditivo en medicina o estética. En asuntos del paladar, no va más allá de ser un elemento decorativo, muy vistoso, eso sí.

Ya hemos visto que posee una gran versatilidad en todos los ámbitos en los que se encuentra presente. Sin embargo, para los comensales, la naturaleza del oro como elemento químico, les hace reticentes. En tal caso, conviene saber como se elabora el oro para que sea adecuado al consumo humano y evitar la confusión que puede existir al respecto. El oro no se saca de la mina y se planta en el plato. Para nada. Tampoco se saca de la mina y se hace un anillo. Todo lleva su proceso.

Convertir el oro en un “manjar”, este debe superar un proceso que combina numerosos factores, empezando por la selección de pequeñas pepitas de veintidós a veinticuatro quilates. Tras esa cuidada selección, se someten a una elevada temperatura de fusión, ni más ni menos que mil doscientos grados. A esta temperatura se funde completamente y se pasa a un molde con forma de lingote.

A partir de ahí, cuando el lingote se ha formado, una máquina especializada para estos fines, se encarga de trabajar con el mismo hasta convertirlo en una lámina de 0,015 milímetros de espesor, medida tres veces inferior al tamaño de un pelo. Logradas estas finas láminas, entran en acción los batidores de oro, máquinas responsables de reducir todavía más ese ínfimo tamaño. Una vez hechas las láminas, ya con un espesor de 0,00015 milímetros, cuidadosamente son separadas de forma manual. Con los restos se crea el polvo de oro o las virutas.

Conociendo estos detalles, no es de extrañar que el oro comestible, alcance esas cotas. El precio aumenta de forma irremediable, alcanzando el gramo los ciento cincuenta euros, en el mejor de los casos.

Donde utilizar oro comestible

Desde grandes cavas con partículas de oro embelleciendo a su burbuja, hasta elegantes tartas cubiertas de pan de oro, convirtiéndose en un regalo para la vista. El oro, indudablemente, embellece todo lo que decora. Cada vez son más los chefs que utilizan esta materia prima en sus creaciones. Reposteros de todo el mundo, lanzan pasteles, chocolates, tartas y postres, coronados con oro, recubiertos o salpicados.

A la vista le entra ese reluciente resplandor que no solo atrae, atrapa. La recomendación que lanzan los grandes maestros de la cocina, es aplicar el oro comestible en polvo mezclado con alguna bebida alcohólica de alta graduación como la ginebra o el vodka. Con esta mezcla, en proporción uno a dos, se obtiene una especie de barniz ideal para colorear los postres y realzarlos.

La belleza que ofrece cualquier plato o postre bañado o decorado con oro comestible, no pasa desapercibida. Como ejemplo, pongamos esos conocidos bombones envueltos en un papel dorado y son todo un imán por su vistosidad. En este caso, el oro no es más que un papel dorado para proteger el dulce, pero ¿y si ese envoltorio fuera papel de oro comestible? La atracción seria mayor.

No obstante, por mucho que resulte vistoso y atractivo a los ojos, el oro cuenta con detractores que opinan que se trata de una ostentosa extravagancia que nada aporta a los platos. Su ausencia de sabor y aroma, lo convierten en un mero complemento que a la hora de la verdad, no aporta nada. Fuera de la vista, el oro, no cuenta. En una cata a ciegas, seria imposible determinar su presencia.

Aun así, por si hay algún lector curioso que quiera hacer sus pinitos con el oro comestible, debe saber que puede encontrarlo en dos versiones: transfer y hojas sueltas, en su versión lamina. El primero se utiliza para cubrir alimentos de mayor tamaño como pueda ser envolver un pastel o incluso un bistec. Las hojas sueltas, son ideales para la decoración de postres, donde los dulces y chocolates, ganan en presencia con los toques de elegancia que confiere.

Se trata de un ingrediente o material (no sabría definirlo exactamente), de gran delicadeza cuya manipulación debe ser minuciosa para evitar roturas, desgarros o que se arruguen. Para su aplicación, se aconseja utilizar guantes de algodón, un cuchillo muy afilado o un pincel suave y seco para evitar que se pegue en las manos. Tampoco es conveniente respirar con fuerza sobre las laminas pues se puede estropear.

En el mercado más accesible, se pueden encontrar productos de oro comestible a precios más asequibles. Desde hojas sueltas de veinticuatro kilates en paquetes de veinticinco, hasta frascos de hojuelas. El pan de oro, es sin duda una de las versiones más económicas, pudiendo encontrar paquetes de cien hojas por unos veinte euros. En estos casos, hay que valorar mucho quien es el proveedor, no sea que nos den gato por liebre y, el oro contenga impurezas o sea falso y nocivo para la salud.

A modo de resumen y conclusión, el oro se puede comer. El proceso de elaboración para su consumo humano, no conlleva añadidos ni químicos, por lo que se trata de un producto inocuo y puro. Es vistoso, llamativo, embellece y luce los postres. Poco más que una excentricidad visual, puesto que, al paladar, no aporta nada.

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